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domingo, 12 de octubre de 2025

Fuimos humanos ©, Cuento

Arcano Literario


Mario Luis Altuzar Suárez
Arcano Radio

…hiii! ¡Jajaja! ¡Hiii! ¡Jajaja! ¡Hiii!” Fusionado en uno solo, relincho y risa adolescente. ¡Crecen! Trascienden los límites de la caballeriza. Sonido que monta las ondas del aire. Cabalga por las llanuras amarillas. Ondula los pequeños montes. Agita y desprende las hojas color café de árboles y plantas, en piruetas antes de llegar al suelo. El cielo amarillo rojizo, atestigua la vespertina escaramuza de hojarasca, pasto seco y polvo. La luna despabila su adormilado rostro en medio del manto negro estrellado. ¡Todo, espacio y tiempo en armonía con el sonido rítmico!: “¡Hiii! ¡Jajaja! ¡Hiii! ¡Jajaja! ¡Hiii!”, que en momento parece confundirse más: “¡Hiiijjaja! ¡Hiiijjaja! ¡Hiiijjaja!” en que la imaginación a distancia, genera una imagen de una amazona disfrutando el galope libertario sobre su noble yegua azabache de tres años, ¡en plena adolescencia como la caballista! Disfrutan el olor a campo y tierra mojada con el viento en el rostro y la cabellera volando, es la imagen a distancia.

Altamente preocupado, el caballerango aprieta el paso para llegar al epicentro de los alegres sonidos, y conocer la causa del alboroto al que ya respondieron los convocados en este momento: Todo tipo de aves, animales nocturnos como sapos cancioneros, lobos y felinos, entre muchas otras especies. El hombre con sus 25 años en la masa corporal musculosa, corre ladera abajo, y sostiene con la mano derecha su sombrero de copa alta coronada con tres pliegues distintivos y un ala ligeramente curvada, para mostrar su rango con el estilo Cattleman, Los demás usan sombreros más sencillitos y por lo mismo, más económicos, con pliegues en el centro de la copa y hendiduras laterales.

La sorpresa le hace abrir los párpados en forma descomunal, con amenaza de desprender el humor vítreo que contiene la retina, el cristalino, las corneas y el iris de sus ojos. ¡Y cómo no! Nunca había visto a un caballo mostrar los dientes en una verdadera sonrisa con el singular: ¡Hiii! En completa consonancia al brillo de sus pupilas, sin intentar zafarse de las bridas que sostiene su compañera de aventura, una adolescente de rostro iluminado por ese constante “Jajaja”, en sus labios que muestran la dentadura blanca y radiante, armonizado con la mirada que irradia una paz al mundo.

La imagen fue captada por el fotógrafo Robert Roozenbeek, residente en los Países Bajos y se encontraba en este elevado lugar, a tres mil novecientos metros sobre el nivel del mar, por todos conocido por El Ajusco en la Ciudad de México, para crear un álbum de las bellezas naturales que caracterizaban el lugar en la década del setenta. Caballerango y artista de la lenta se acercan con delicadeza, con sonrisas que amaga en convertirse en una abierta carcajada, al considerarse la teoría científica que, debido a que las neuronas espejo en el cerebro se activan al escuchar o ver a otros reír.

El llamado mozo de cuadra en España y, simplemente, cuidador de caballos en México, controla los movimientos instintivos y pregunta la causa o razón de la risa en conjunto, de dos especies tan distintas. Entre carcajadas, explica a frases cortadas: “Es que me platica de cuando era humana. Y se ríe porque dice estar mejor ahora, en el tiempo en que las personas se desconocen entre ellas al grado de llegar al enfrentamiento fratricida por lo que algunos llaman Patria o por fanatizarse en defensa de hombres y mujeres abyectos del poder. ¡Sin respeto a los mayores! Son los olvidados de los valores legados por el Poder del Origen. Se convirtieron en los amnésicos de la Gran Luz como Polvo de Estrellas en la fisión con el Barro”.

Y al mirar la foto, sentada en un leño en la misma ladera nocturnal de otoño, reflexiona: “Ya pasaron 45 años sin cumplirse el presagio apocalíptico” y se estremece al repiquetear en su cerebro ese relincho ausente: “En el tiempo universal, han pasado cuatro días y medio. No desesperes: Falta poco. ¡Muy poco!”

 

Tuxtla Gutiérrez Chiapas, México, 12 de octubre del 2025.

miércoles, 5 de junio de 2024

20240604 mujeres mes a mes

Arcano de opinión


Guillermo Ochoa-Montalvo
Arcano Radio

Querida Ana Karen, eso de recordar las “primeras veces” en nuestras vidas es fascinante, pero el asunto de la menstruación es algo que las mujeres se reservan de forma más íntima que cuando son desvirgadas.

Para nosotros, los chiquillos de los años 60, la palabra Kotex era sinónimo de risitas maliciosas, cochambrosas y casi, casi, pecaminosas. Era más fácil referirse a que una chica anda con su “caballo” que mencionar la toalla sanitaria Kotex, que aún cuando habían nacido en 1920 en Estados Unidos, en México alcanzó su comercialización expansiva hasta el inicio de los años 50.

Hasta 1970, México era fue un país predominantemente rural y la gente no conocía la comodidad del “cotton texture”, o sea el Kotex. Así que el remedio para las pubertas era estratificado de acuerdo a su condición geográfica, social y económica. En el campo, las mujeres recurrían a telas de algodón, a hojas de plantas, papel de estraza, esponjas naturales y hasta para regar la tierra, para esos días. Algunas, pasaban sus 4 días chorreando sangre por sin protección alguna para “fertilizar la tierra”, lo que aún sucede hasta la fecha.

Las mujeres pobres en las ciudades, empleaban el periódico súper absorbente y cálido pero tan rugoso que lastimaba. Las mujeres de clase media, se dividían entre las tradicionales toallas de algodón; las toallas de fina seda envolviendo algodones, y los Kotex que no eran fáciles de conseguir. Las mujeres de clase alta, tendían al empleo del Kotex y las señoras más grandes y tradicionales a las toallas de fina seda con algodones internos o bien a los Tampax poco aceptados entre las mujeres jóvenes y convencionales, por aquella idea de quedar desvirgadas con su uso.

Pero para 1970, el Kotex empezaba a perder su connotación de palabra tabú. Gracias a la revolución sexual, a la publicidad y la antigüedad de su marca, se convertía en sinónimo de toalla sanitaria socialmente aceptada.

Los chicos de la secundaria, por allá de 1964, nos entreteníamos adivinando qué niñas andaban con “caballo” por su forma de caminar, por la palidez de su cara, el cambio de carácter o por la marca que dejaba bajo el pantalón o la falda ajustada. Por fortuna, los hombres no teníamos que enfrentar esos baños con cestos de basura llenos de toallas ensangrentadas y mucho menos, excusados tapados con los Kotex usados.

Para las niñas de los años sesenta, los Kotex aún se adherían con un cinturón elástico; no eran como las de los años 70 que ya traían cintas autoadheribles. Pero como sea, resultaban incómodas por su abultado volumen que las delataba bajo el pantalón o la falda. Así, “esos días” resultaban fatales para la mayoría de las mujeres, sin contar con las alteraciones físicas, anímicas y emocionales por las que suelen atravesar algunas mujeres.

Para fortuna de ellas, a principios de los años 90, lanzan a la venta las toallas ultra delgadas en sus 70 modalidades que existen en México y el tampón, inventado en 1929 por el Doctor Earle Hass, se generaliza rompiendo prejuicios, tabúes y paradigmas. Aunque fue la inmigrante alemana, Gertrude Tendrich quien desde su casa empezó a costurarlos bajo la marca de Tampax para hacerlos famosos con la ayuda de inversionistas y convertir este objeto en una de las 50 pequeñas maravillas del mundo.

Allá por el año de 1968, recuerdo a Elisa, una compañera de la prepa cuyos padres le habían hecho saber que la menstruación llegaba cuando el “diablo tocaba el cuerpo de las mujeres”. Quizá por esta aberrante idea, Elisa logró psicosomatizar y retrasar su primer período menstrual hasta entrados los 15 años. El caso, es que estando en plena clase, sintió de pronto, un chorro de sangre fluir por sus muslos hasta teñir de magenta su impecable falda blanca.

Fue Ernesto, su compañero de banca quien le  preguntó qué le sucedía al ver la mancha de sangre en la falda. Elisa contuvo el grito bajo un gesto de horror y un llanto ahogado en sollozos que pronto, la maestra de física tuvo a bien consolar.

Entre las carcajadas de los chicos, la maestra sacó a Elisa del salón para explicarle lo sucedido, pues la niña se encontraba más horrorizada por la idea del diablo que por la menstruación misma.

Durante los siguientes ocho días, Elisa dejó de asistir a la escuela, había caído en shock primero y luego en estado depresivo. La profe de física habló seriamente con la ignorante madre para explicarle por qué esas cosas no eran del diablo pero ni al caso, nadie logró convencerla de eso.

De alguna forma, Elisa se enteró que durante el embarazo las mujeres dejan de menstruar y así fue como a los 16 se hacía madre de una linda niña, tras 9 meses de alegrías y tranquilidad como una cuestión de amor.