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martes, 16 de enero de 2018

Los Mayas

En las nubes


Carlos Ravelo Galindo, afirma:


Hablar de la cultura Maya representa para nosotros un honor. Nacimos en la ciudad de México. Pero en la península de Yucatán,  Mérida, y Cancún,  para ser exactos, nacieron  6 nietos y  7 bisnietos del que escribe.

Nuestro primogénito, el ingeniero Carlos Fernando  contrajo matrimonio con   Mercy,  yucateca ciento por ciento, y viven en Mérida hace cuarenta años. Nos han dado nietos  y bisnietos. Y, él,  editó un libro, del que aprovechamos algo.

También consultamos con el erudito Fernando calderón Ramírez de Aguilar  este trabajo, y nos dijo que  la mejor fuente que brinda el conocimiento más claro para describir la mitología maya es el Popol Vuh.

Por su parte, en algunas ocasiones los libros del Chilam Balam Chumayel  también aportan algo sobre la vida maya del siglo XVI.

La deidad más importante para el pueblo maya es Itzamná, también llamado Zamná.   Dios creador y gran señor del fuego y del órgano cardiaco. Tiene dos representaciones: la muerte y el renacer a la vida en la naturaleza.

Igualmente, se le simboliza como un dragón celeste bicéfalo que vierte agua sobre la tierra. Se le atribuye la invención de la escritura, la medicina y la agricultura. Tiene una vinculación muy especial con el dios Sol que se denomina Kinich Ahau y con la diosa Luna conocida como Ixchel, la que se representa como una mujer endemoniada.

Itzamná era gran amigo de Kukulkán, de quien dependía el viento, y de Chaac, de quien dependía el agua.

Los mayas creían que los hombres tenían dos clases de sombras: una caliente hija del Sol, y una fría hija de la Luna. El hombre tendría vida siempre y cuando permanecieran unidos el cuerpo y su sombra. Si ésta se adelgazaba o se separaba del cuerpo venía la muerte.

Los bacabs (Hobnil, Cantzicnal, Zac-cimi y Hosan-ek) eran las cuatro deidades más antiguas que habitaban en el interior de la tierra y en sus depósitos de agua, cuya principal tarea consistía en sostener el firmamento.

Eran cuatro hermanos que se identificaban con los cuatro puntos cardinales, los que, a su vez, se asociaban con los colores simbólicos: el Levante con el rojo, el Septentrión con el blanco, el Occidente con el negro y el Mediodía con el amarillo.

En ciertas ocasiones se agregaba el centro de color verde, un árbol (la ceiba sagrada) y un ave.

Entre los pueblos quiches existe otra versión según la cual serían hijos del dios Hunab Ku, el cual era el dios creador, supremo y poderoso.

A Chaac, dios del agua y de la lluvia, se le representa con una nariz como trompa y dos colmillos enrollados que salen de la boca. Las uo (ranas) son sus acompañantes y actúan como anunciadoras de la lluvia.

Ah Mun, dios del maíz, es una deidad importante que se mantiene en constante pelea con el dios de la muerte, Ah Puch, el cual reinaba sobre el más bajo de los nueve mundos subterráneos de los mayas.

Todavía hoy los mayas modernos creen que bajo la figura de Yum Cimil, el Señor de la Muerte, merodea en torno a las habitaciones de los enfermos en acecho de su presa.

Ah Puch era el Señor del Noveno infierno, último mundo subterráneo, el Mictlán, un lugar nauseabundo habitado por demonios espantosos.

Se le representa como un cuerpo putrefacto con una cabeza casi cadavérica adornada con campanas y collares de huesos y plumas. Siempre ronda la casa de los enfermos, aunque el ruido de las campanas lo delata, no se le puede evitar; la única manera que tienen los humanos de confundirlo es  agritas y llanto de una forma sobrecogedora para hacerle creer que no se encuentra en la tierra, sino que está en el Mictlán y pase de largo.

Otras divinidades asociadas con las tinieblas y la muerte son Ek Chuah, dios negro de la guerra, de los mercaderes y de las plantaciones de cacao.  Kakasbal, dios maligno que se manifestaba en formas monstruosas, se hacía invisible como el vaho de la boca y sus maleficios entraban por la nariz, la boca, las manos, los ojos o los oídos que  provocaban la entrada de su maleficio por todas las ventanas del alma.  A   Ixtab, diosa de los suicidios  se le relaciona con la vida paradisiaca y protegía a los suicidas por ahorcamiento. Su imagen se identifica claramente en el Código Dresde.

Como ya se habrá observado, la similitud y los contactos entre la cultura maya y la azteca explican la aparición entre los mayas de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, que en Yucatán recibe el nombre de Kukulkán y  en las tierras altas de Guatemala el de Gucumatz.

En los mitos sobre el origen de Kukulkán destacan las figuras de sus progenitores Gucumatz y Hurakán, así como Ixpiyacoc e Ixmucane, abuelos del alba.

Según la mitología maya, al principio todo eran tinieblas y nada existía, pero de la palabra surgiría el universo. La creación del hombre pasó por varias pruebas hasta llegar a su estado definitivo. Probaron con barro y vieron que se deshacía, probaron con madera con lo que sí se movían y hablaban, pero no tenían alma, entendimiento ni memoria de su creador.

Fueron destruidos con un gran diluvio y el intento definitivo de la creación concluyó con los hombres de maíz, que fueron cuatro: Balam-Quitze (tigre sol o tigre fuego), Balam Acab (tigre tierra), Mahucutah (tigre luna) e Iqui-Balam (tigre viento o aire), los que estaban dotados de inteligencia, buena vista, facultad de hablar, andar y tomar cosas. Además, eran buenos y hermosos.

Entre los mayas el desarrollo de los seres humanos se identifica con el principal cultivo y fuente de sustento, el maíz.

Así, de maíces amarillos y blanco se hizo la carne del hombre y de masa de maíz sus brazos y las piernas. Únicamente la masa de maíz entró en la carne de los padres: los cuatro hombres del maíz que fueron creados.

Los mayas también creían que había trece cielos dispuestos en capas sobre la tierra y que eran regidos  por sendos dioses, los Oxlahuntiku. La tierra se apoyaba en la cola de un enorme cocodrilo que flotaba en el océano.

Existían nueve mundos subterráneos, también dispuestos en capas y regidos por sus respectivos dioses, los Bolontiku, que gobernaban en sucesión interminable sobre un ciclo o semana de nueve noches.

El tiempo era considerado como una serie de ciclos sin principio ni fin interrumpidos por cataclismos que significaban el retorno al caos primordial. El mundo nunca acabaría ya que creían firmemente en la palingenesia, es decir, en el renacimiento o regeneración de un ser vivo después de su muerte real o aparente.

En los libros del Chilam Balam se exponen predicciones acerca de esos ciclos de destrucción y renacimiento, así como de la llegada de los dzules, los extranjeros que deshicieron todo.

Enseñaron el temor, marchitaron las flores, chuparon hasta matar la flor de los otros para que viviese la suya: Habían venido a “castrar al Sol”.

Los mayas lacandones pensaban que cuando se acabara el mundo los dioses decapitarían a todos los solteros, los colgarían por los talones y juntarían su sangre en vasijas para pintar su casa.

Posteriormente reconstruirían la ciudad de Yaxchilán donde se habrían refugiado los lacandones. Otra versión dice que los jaguares de Cizin, dios del inframundo, al que se relaciona con los temblores de tierra y con el color amarillo símbolo de la muerte, se comerían al Sol y a la Luna.

En las culturas tolteca, maya y azteca se habla del Mictlán, el inframundo en sentido general, a donde van los espíritus de las personas que han muerto de causas naturales.

Está formado por nueve llanuras y nueve ríos, entre los cuales hay grandes obstáculos como piedras que caen y se golpean entre sí y producen un gran estrépito.

Vientos feroces que cortan como navajas. Contra todos estos elementos tenían que luchar los espíritus de los muertos.

Para aplacar los ánimos de estos enfurecidos elementos, cuando alguien fallecía se mataba a su perro y se le enterraba con su amo, ya que el espíritu del animal conduciría sin percance a su dueño por el terrible viaje hacia el Mictlán.

De ahí que la simbiosis entre perro y hombre fuera tan sólida y perdure hasta la fecha.

Las almas tardaban cuatro años en cruzar estos parajes antes de llegar a la región de las sombras donde se perdían para siempre.

A la tierra de los maya-quichés siempre se le miró como tierra bendita. Todo floreció y los animales se expresaron en su propio lenguaje, se escucha aún el trino de las aves, el canto del quetzal y el bramido del venado.

Felicidad total. Tranquilidad, paz y  cordialidad del pueblo yucateco. Hasta sus políticos.