Utopía
Por Eduardo IBARRA AGUIRRE
Para Arcano Radio
Un día como hoy (domingo), de hace medio siglo, fue herido y
capturado Ernesto Guevara de la Serna, mejor conocido como El che, y al día
siguiente asesinado en La Higuera, Vallegrande, Bolivia, donde Evo Morales,
familiares, compañeros y delegaciones de los cinco continentes le rinden
homenaje.
No traté al comandante Guevara, pero sí a su hermano
Roberto, en Moscú y en el Reclusorio Oriente de la Ciudad de México. En casa
varios libros de Aleida Guevara March, su hija, están dedicados a la mayor de
los Ibarra Aguirre, guevarista desde los años 60. Y me unió una relación
estrecha con mexicanos que conversaron con él hasta horas de la madrugada:
Arnoldo Martínez Verdugo y Gerardo Unzueta. Arnoldo realizó un viaje a Beijing
y Moscú con Guevara y otros dirigentes comunistas latinoamericanos para mediar
en la confrontación sino-soviética, en la que fracasaron.
Le comparto Punto de partida, del libro digital Remembranzas
(Forum Ediciones, segunda edición, 2015, 271 páginas).
A Marcel Mantel, creador del emblemático personaje Monsieur
Bip que inmortalizó a Marcel Marceau, siempre lo asoció César al Berlín de la
segunda mitad de los años 60 del siglo pasado, con todo y el claro origen
francés y formación universal del considerado mayor mimo de la historia.
El fallecimiento, el 22 de septiembre de 2007, del
Fabricante de máscaras, título de una de sus obras, o El marinero de los aires
como él mismo se autodefinió en una ocasión en México, lo condujo mentalmente con
cierta recurrencia al Berlín donde lo vio actuar por primera vez, entonces
dividido por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y confrontado hasta
quitar el sueño a los pocos mexicanos que a fines de septiembre de 1967 vivían
y estudiaban en Berlín oriental.
César no recuerda la fecha en que arribó a la Escuela
Superior de la Juventud Wilhem Pieck –primer presidente de la República
Democrática Alemana– situada en Bogensee, en el centro de un bosque de
coníferas y a un costado de un hermoso lago, a 45 minutos entonces de la
capital, para estudiar economía política, filosofía, estrategia y táctica del
movimiento comunista y obrero internacional, y alemán, nombres de las materias
en que un grupo de latinoamericanos se concentraron durante 10 meses, además de
ilustrativos viajes de prácticas.
Sí tiene claro César que para el 10 u 11 de octubre de 1967,
los mexicanos que llegaron con un mes de retraso al curso de la escuela donde
estudiaban decenas de chilenos, uruguayos, colombianos, finlandeses, suecos, daneses,
noruegos y sudaneses, así como cientos de alemanes, los cimbró la noticia de la
caída en combate y el asesinato de Ernesto Guevara de la Serna.
Desaparecieron al instante la algarabía juvenil
característica de la cafetería, la conversación en voz alta y los brindis con
tarros de cerveza desbordados por la espuma: –¡Prost! ¡Prosit! ¡Zum Wohl!
Cuando César ingresó al lugar, el
silencio y la tristeza se respiraban en el ambiente.
–Mataron al Che en Bolivia –fue la respuesta en voz baja,
entrecortada que recibió César, quizá de Vladimir, el traductor chileno.
La universalidad del nativo de Argentina –formado en México
y Guatemala, forjado en Cuba, El Congo y Bolivia– se recrea por cuarta
generación consecutiva, para el revolucionario que rendía culto a la verdad.
Del humanismo en que están formados y educados sus
partidarios, dieron testimonio los médicos cubanos que curaron de cataratas a
Mario Terán, el teniente del Ejército boliviano que el 9 de octubre de 1967,
estaba nervioso y falló los primeros disparos dirigidos a Ernesto Guevara.
Herido y con las manos atadas a la espalda, en una escuela de La Higuera, el
comandante le pidió que se calmara y le gritó:
–¡Vas a matar a un hombre!
El asesino recuperó
la vista en 2006, gracias a la Operación milagro de asistencia oftalmológica
que los gobiernos de Cuba y de Venezuela desarrollan con éxito en el
subcontinente, ahora que está viejo y pobre.
Con la recuperación de las vivencias de César Sepúlveda, no
sólo se da cauce a las añoranzas instaladas en la memoria con fuerza, sino
porque Bogensee fue punto de partida –amateur por supuesto– de un ejercicio
periodístico que perdura.
Allá realizó el periodista mexicano, con el nombre temporal
mencionado, durante varios meses un programa radiofónico dos veces a la semana,
en español, alemán e inglés para una comunidad integrada por un millar de
estudiantes, maestros, traductores y trabajadores de intendencia.
El programa tenía como sello musical Guantanamera, creada
por el cubano Joseíto Fernández, con letra tomada de los Versos sencillos del
escritor e independentista cubano José Martí, en la versión del estadunidense
Peter Seeger, melodía que él universalizó e intérprete de música popular muy
reconocido en aquellas latitudes más que en su propio país, aunque ahora es
poseedor de un Premio Grammy, además de autor de We Shall Overcome
(Venceremos).
@IbarraAguirreEd

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