De la Mesa de Redacción
Radio Vaticano
A su ingreso a la Casa de
Nariño,
el Papa Francisco saludó a
varios
niños y jóvenes en condición de
discapacidad.
Foto: Juan David Tena - SIG
|
Tras ser recibido por el presidente de la nación, Juan
Manuel Santos acompañado por la Guardia de Honor y después de rendir los
correspondientes homenajes a la bandera del país, dio inicio el evento al que
asistieron aproximadamente 750 personas.
"Este encuentro me ofrece la oportunidad para expresar
el aprecio por los esfuerzos que se hacen, a lo largo de las últimas décadas,
para poner fin a la violencia armada y encontrar caminos de
reconciliación", dijo Francisco, señalando que los pasos dados hacen
crecer la esperanza, en la convicción de que "la búsqueda de la paz es un
trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso
de todos".
"Que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de
venganza y búsqueda de intereses sólo particulares y a corto plazo", pidió
el Pontífice añadiendo que cuanto más difícil es el camino que conduce a la paz
y al entendimiento, más empeño hemos de poner en reconocer al otro, en sanar
las heridas y construir puentes, en estrechar lazos y ayudarnos mutuamente.
"Quise venir
hasta aquí para decirles que no están solos, que somos muchos los que queremos
acompañarlos en este paso; este viaje quiere ser un aliciente para ustedes, un
aporte que en algo allane el camino hacia la reconciliación y la paz",
concluyó el Santo Padre.
A continuación el discurso completo del Santo Padre
Señor Presidente,
Miembros del Gobierno de la República y del Cuerpo
Diplomático,
Distinguidas Autoridades,
Representantes de la sociedad civil,
Señoras y señores.
Saludo cordialmente al Señor Presidente de Colombia, Doctor
Juan Manuel Santos, y le agradezco su amable invitación a visitar esta Nación
en un momento particularmente importante de su historia; saludo a los miembros
del Gobierno de la República y del Cuerpo Diplomático. Y, en ustedes,
representantes de la sociedad civil, quiero saludar afectuosamente a todo el
pueblo colombiano, en estos primeros instantes de mi Viaje Apostólico.
Vengo a Colombia siguiendo la huella de mis predecesores, el
beato Pablo VI y san Juan Pablo II y, como a ellos, me mueve el deseo de
compartir con mis hermanos colombianos el don de la fe, que tan fuertemente
arraigó en estas tierras, y la esperanza que palpita en el corazón de todos.
Sólo así, con fe y esperanza, se pueden superar las numerosas dificultades del
camino y construir un País que sea Patria y casa para todos los colombianos.
Colombia es una Nación bendecida de muchísimas maneras; la
naturaleza pródiga no sólo permite la admiración por su belleza, sino que
también invita a un cuidadoso respeto por su biodiversidad. Colombia es el
segundo País del mundo en biodiversidad y, al recorrerlo, se puede gustar y ver
qué bueno ha sido el Señor (cf. Sal 33,9) al regalarles tan inmensa variedad de
flora y fauna en sus selvas lluviosas, en sus páramos, en el Chocó, los
farallones de Cali o las sierras como las de la Macarena y tantos otros
lugares. Igual de exuberante es su cultura; y lo más importante, Colombia es
rica por la calidad humana de sus gentes, hombres y mujeres de espíritu
acogedor y bondadoso; personas con tesón y valentía para sobreponerse a los
obstáculos.
Este encuentro me ofrece la oportunidad para expresar el
aprecio por los esfuerzos que se hacen, a lo largo de las últimas décadas, para
poner fin a la violencia armada y encontrar caminos de reconciliación. En el
último año ciertamente se ha avanzado de modo particular; los pasos dados hacen
crecer la esperanza, en la convicción de que la búsqueda de la paz es un
trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso
de todos. Trabajo que nos pide no decaer en el esfuerzo por construir la unidad
de la nación y, a pesar de los obstáculos, diferencias y distintos enfoques
sobre la manera de lograr la convivencia pacífica, persistir en la lucha para
favorecer la cultura del encuentro, que exige colocar en el centro de toda
acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad,
y el respeto por el bien común. Que este esfuerzo nos haga huir de toda
tentación de venganza y búsqueda de intereses sólo particulares y a corto
plazo. Cuanto más difícil es el camino que conduce a la paz y al entendimiento,
más empeño hemos de poner en reconocer al otro, en sanar las heridas y construir
puentes, en estrechar lazos y ayudarnos mutuamente (cf. Exhort. ap. Evangelii
gaudium, 67).
El lema de este País dice: «Libertad y Orden». En estas dos
palabras se encierra toda una enseñanza. Los ciudadanos deben ser valorados en
su libertad y protegidos por un orden estable. No es la ley del más fuerte,
sino la fuerza de la ley, la que es aprobada por todos, quien rige la
convivencia pacífica. Se necesitan leyes justas que puedan garantizar esa
armonía y ayudar a superar los conflictos que han desgarrado esta Nación por
décadas; leyes que no nacen de la exigencia pragmática de ordenar la sociedad
sino del deseo de resolver las causas estructurales de la pobreza que generan
exclusión y violencia. Sólo así se sana de una enfermedad que vuelve frágil e
indigna a la sociedad y la deja siempre a las puertas de nuevas crisis. No
olvidemos que la inequidad es la raíz de los males sociales (cf. ibíd., 202).
En esta perspectiva, los animo a poner la mirada en todos
aquellos que hoy son excluidos y marginados por la sociedad, aquellos que no
cuentan para la mayoría y son postergados y arrinconados. Todos somos
necesarios para crear y formar la sociedad. Esta no se hace sólo con algunos de
«pura sangre», sino con todos. Y aquí radica la grandeza y belleza de un País,
en que todos tienen cabida y todos son importantes. En la diversidad está la
riqueza. Pienso en aquel primer viaje de san Pedro Claver desde Cartagena hasta
Bogotá surcando el Magdalena: su asombro es el nuestro. Ayer y hoy, posamos la
mirada en las diversas etnias y los habitantes de las zonas más lejanas, los
campesinos. La detenemos en los más débiles, en los que son explotados y
maltratados, aquellos que no tienen voz porque se les ha privado de ella o no
se les ha dado, o no se les reconoce. También detenemos la mirada en la mujer,
su aporte, su talento, su ser «madre» en las múltiples tareas. Colombia
necesita la participación de todos para abrirse al futuro con esperanza.
La Iglesia, en fidelidad a su misión, está comprometida con
la paz, la justicia y el bien de todos. Es consciente de que los principios
evangélicos constituyen una dimensión significativa del tejido social
colombiano, y por eso pueden aportar mucho al crecimiento del País; en
especial, el respeto sagrado a la vida humana, sobre todo la más débil e
indefensa, es una piedra angular en la construcción de una sociedad libre de
violencia. Además, no podemos dejar de destacar la importancia social de la
familia, soñada por Dios como el fruto del amor de los esposos, «lugar donde se
aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros» (ibíd., 66). Y, por
favor, les pido que escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los
ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y
sus manos suplicantes. En ellos se aprenden verdaderas lecciones de vida, de
humanidad, de dignidad. Porque ellos, que entre cadenas gimen, sí que
comprenden las palabras del que murió en la cruz —como dice la letra de vuestro
himno nacional—.
Señoras y señores, tienen delante de sí una hermosa y noble
misión, que es al mismo tiempo una difícil tarea. Resuena en el corazón de cada
colombiano el aliento del gran compatriota Gabriel García Márquez: «Sin
embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la
vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni
siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido
reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y
se acelera». Es posible entonces, continúa el escritor, «una nueva y arrasadora
utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir,
donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las
estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una
segunda oportunidad sobre la tierra» (Discurso de aceptación del premio Nobel,
1982).
Es mucho el tiempo pasado en el odio y la venganza... La
soledad de estar siempre enfrentados ya se cuenta por décadas y huele a cien
años; no queremos que cualquier tipo de violencia restrinja o anule ni una vida
más. Y quise venir hasta aquí para decirles que no están solos, que somos
muchos los que queremos acompañarlos en este paso; este viaje quiere ser un
aliciente para ustedes, un aporte que en algo allane el camino hacia la
reconciliación y la paz.
Están presentes en mis oraciones. Rezo por ustedes, por el
presente y por el futuro de Colombia.


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