Por María Fernanda BERNASCONI
Periodista de Radio Vaticano
El Papa Francisco celebra la
Misa matutina
en la capilla de la Casa de
Santa Marta.
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Es la reflexión que hizo el Papa en su homilía de la Misa
matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. El Santo Padre
exhortó a reencontrar la propia pertenencia, a partir de la Primera Lectura
tomada de Libro de Nehemías. En el texto se describe “una gran asamblea
litúrgica” que representa al pueblo reunido ante la Puerta de las Aguas en
Jerusalén.
También se trata – dijo Francisco – del final de una
historia que duraba desde hacía más de 70 años; la historia de la deportación a
Babilonia y, por tanto, una historia de llanto para el pueblo de Dios. Además,
tras la caída del imperio babilónico, por obra de los persas, el rey Artajerjes
al ver a Nehemías – que era su copero – triste mientras le servía el vino,
comenzó a dialogar con él. Y Nehemías le manifestó, llorando, su deseo de
regresar a Jerusalén porque sentía nostalgia.
El pensamiento del Papa también se dirigió al Salmo que
dice: “A lo largo de los ríos de Babilonia se sentaban y lloraban”. No podían
cantar, sus cítaras estaban colgadas en los sauces, pero no querían olvidar. Y
Francisco recordó al respecto la “nostalgia de los emigrantes”, de aquellos que
“están lejos de su patria y quieren regresar”.
De manera que Nehemías se prepara para regresar y llevar al
pueblo a Jerusalén. Se trataba de “un viaje difícil” – señaló el Pontífice
– porque “debía convencer a tanta gente”
y trasladar las cosas para reconstruir la ciudad, las murallas, el Templo,
“pero sobre todo – añadió – era un viaje
para reconstruir las raíces del pueblo”. Después de tantos años, las raíces “se
habían debilitado”, pero no se habían perdido. Reapropiarse de las raíces –
explicó el Papa – “significa retomar la
pertenencia de un pueblo”. “Sin las raíces – prosiguió – no se puede vivir: un pueblo sin raíces o que
abandona sus raíces, es un pueblo enfermo”:
“Una persona sin raíces, que ha olvidado sus propias raíces,
está enferma. Recuperar, redescubrir sus propias raíces y recobrar fuerza para
ir adelante, la fuerza para dar fruto y, como dice el poeta, ‘la fuerza para
florecer del árbol florido, viene de lo que está enterrado. Precisamente esa
relación entre la raíz y el bien que nosotros podemos hacer”.
Pero en este camino – subrayó el Papa – hay “tantas
resistencias”: “no se puede”, “hay dificultades”:
“Las resistencias pertenecen a los que prefieren el exilio,
y cuando no hay exilio físico, el exilio es psicológico: el autoexilio de la
comunidad, de la sociedad, aquellos que prefieren ser un pueblo desarraigado,
sin raíces. Debemos pensar en esta enfermedad del autoexilio psicológico: hace
tanto mal. Nos quita las raíces. Nos quita la pertenencia”.
Pero el pueblo va adelante – dijo también el Papa – y llega
el día en que la reconstrucción queda hecha. Entonces el pueblo se reúne para
“restaurar las raíces”, es decir, para escuchar la Palabra de Dios, que leía el
escriba Esdras. Y el pueblo lloraba, si bien en esta ocasión no se trataba del
llanto de Babilonia: “Era el llanto de la alegría, del encuentro con las
propias raíces, el encuentro con la propia pertenencia”. Una vez terminada la
lectura, Nehemías los invita a festejar. Es la alegría de quien ha encontrado
sus propias raíces:
“El hombre y la mujer que reencuentran sus propias raíces,
que son fieles a su propia pertenencia, son un hombre y una mujer con alegría,
con alegría, y esta alegría es su fuerza. Del llanto de tristeza al llanto de
alegría; del llanto de debilidad por estar lejos de sus raíces, lejos de su
pueblo, al llanto de pertenencia: ‘Estoy en casa’. Estoy en casa”.
Por último el Papa
afirmó que si se tiene “miedo de llorar”, entonces también se tendrá
“miedo de reír” puesto que, en cambio, cuando se llora de tristeza, después se
llorará de alegría. Por eso hay que pedir la gracia del “llanto arrepentido”,
“triste por nuestros pecados”, y también del llanto de la alegría porque el
Señor “nos ha perdonado y ha hecho en nuestra vida lo que ha hecho con su
pueblo”. Y, en fin – dijo – la gracia de ponerse en camino para encontrarse con
las propias raíces.

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